jueves, septiembre 16, 2010

VIDA

En las puertas de la Iglesia. O del ayuntamiento la gente no se agolpaba. Sí lo hacía en hospitales. Aunque no se les viera. No eran colas públicas ni notorias, de esas que mezclan gente de todas las edades, siendo la mayor la que más representantes solía tener. Hacía cola porque se estaba casando o se quería casar. No es aquel matrimonio que conocemos de la persona con la persona querida. Es un matrimonio por el que llueve, hace sol. Por el que hoy despiertas, después duermes. Después quedas y después no tienes con quién quedar. En donde hasta que la muerte os separe no tiene discusión ni se puede acortar, como en el caso de esos otros matrimonios, esos más modernos de anillos o firmas en papel. Es un matrimonio que te compromete para siempre. Sin excusas. Pero a la vez con fecha de caducidad. No tiene vuelta atrás. Ni para delante puesto que no tienes elección de no casarte. Ni para detrás, puesto que si decides abandonarla, es imposible volver. Hoy me he casado con la vida. Y a veces discutimos, como todo matrimonio que se precie. Y tomamos café y es agradable. Y a veces nos enfadamos y pienso abandonarla. Y a veces, simplemente estamos. El uno con el otro. Como extraños. Como amigos.